No es Cuento, es Historia...
El jardín de mi vecina Hortensia…
Por Antolina Martell
Diario de Sucre, 28 de julio de 2007
 

El largo río Manzanares, el aire marino de Caiguire y los portales que ofrecen el sosiego para ver este río y  este mar, me ayudaron desde mi niñez a identificarme con este lado del mundo. Estos recuerdos insondables me llevaron a considerar la Ciudad de Cumaná,  como una opción para vivir. En el  año 1979 encontramos una casa disponible en el Barrio San Francisco, calle Las Flores   nº 3,  casa que perteneció a la familia Berrizbeitia por más de ciento cincuenta años;  a pesar de los  arreglos y pocos cambios aún se anunciaba un  tranquilo fantasma con cara de loco, así decía la niña que lo veía, en la sala destinada para taller de serigrafía;  al fondo,  estaba el patio y el taller de escultura. Al lado izquierdo de la casa, los solares 5 y 7 exhibían una antigua y ruinosa fachada colonial,  siempre cerrada, el resto de los vecinos  nos recibieron como si nos conocieran de toda la vida.
Cuando entraron las lluvias por el año 1981, al llegar un medio día a la casa, Jorge me recibió  y,  con verdadera urgencia me solicitó que tocara en la casa de las puertas cerradas. A la insistencia de un toque tras otro, se asoma la vecina América, y me dice: “allí vive Hortensia, nunca sale y no va abrir”. Jorge recobra la calma y  comenta, …”A media mañana, veo venir por el borde del muro a la recién parida gata de los Sansonetti; y,  pensando en una solución definitiva contra las ratas; la persigo, entro en el  terreno baldío y  a través de un boquete abierto en la pared de bahareque, camino por lo que pudo ser un patio central, invadido por yaques, tunas, sábilas y enredaderas, y,  apilados en los rincones,  periódicos y revistas viejas; una manguera surtía de agua a un balde y una cama de hierro cubierta de cartones, daba sensación de que alguien podía estar durmiendo allí; aparto las telas de arañas y voy haciéndome paso por la anegada casa, me dejo guiar por la gata y de pronto, tropiezo con  algo blando, retrocedo y al levantar la vista veo una anciana desnuda, muy blanca, iluminada por los faltantes del techo,  ella, más asustada que yo,  tapándose con los brazos,  me dijo: - váyase, que aquí no hay nadie. Sentí su pudor. Pienso,… no puede ser un fantasma, tiene vergüenza, y volví sobre mis pasos lo más rápido posible”. Comentaron las vecinas “Pobre Hortensia,  tenemos tiempo que no la vemos, le da pena mostrar cómo vive.”
En septiembre de 1950, mis padres, vinieron a Cumaná a pedirle a la mismísima Virgen del Valle el milagro de una hija. Cuenta el decir,  que en plena procesión,  Hortensia recibió un piropo: …“eres tan bonita como la Virgen” y  Fernando, al parecer dijo:… “no sales más”.  Este fue el comienzo de un claustro voluntario. Treinta años más tarde (1981) nos encontramos en las mismas coordenadas y hoy decido escribir la historia y el cuento. La mayoría de la gente estaba convencida de que era un acuerdo entre  pareja y no pasaba de ser un cuento más de esta mágica ciudad donde las cucarachas vuelan.   
El bahareque y las largas puertas contenían su vida, sólo a través de ellas la percibimos  los cinco años siguientes. En la oportunidad de hacerse el Censo Nacional (1981), y a la pregunta de los empadronadores (civiles y militares), por los habitantes de la casa nº 7, les comenté de la Señora Hortensia. A ellos les dimos razones convincentes para que se acercaran por la calle Urica,  casa ocupada por las hermanas de Don Fernando. Al dar la vuelta,  comentaron los resultados de la entrevista…“ellas no permitieron verla,  nos dijeron, la señora arde en fiebre y, copiamos algunos datos que nos dieron,  pero,  sin mostrarnos los papeles.” Pasado el tiempo,  caminaba un medio día hacia  la Bodega del Señor Angito, en la acera unas niñas apostadas frente a la puerta principal de Hortensia,  trataban de fisgonear a través de las rebajos de las tablas deshidratadas, al acercarme, una vos solicita mi ayuda: - “Señora por favor, espante a esos niños que no me dejan coger la comida”,  por primera vez la escuchaba, percibí su vergüenza. Casi a diario la curiosidad llevaba a muchos a querer ver a Hortensia:…”¡ mira,  es verdad, ahí está una señora encerrada !  …  y está desnuda como dicen”. La solidaridad de Don Fernando  se hacía presente a diario en horas vespertinas,  Orión, nuestro perro,  la anunciaba puntualmente como un pregonero más de por aquí, calmarlo era imposible, mejor escucharlo.  – “ Por el crujir de las ramas es pesado,  por el olor ácido es viejo, por lo sigiloso desconfío,  el olor a merienda  me provoca y además, altera el olor apacible de Hortensia”. Al rato, como siempre, lo escuchamos  despedirse con  tres toques de bocina al pasar por el frente.

Barrio San Francisco / Plaza Rivero. 1986
Autor: Antolina Martell

Colección : Simón Berrizbeitia

El jardín de Hortensia, detalle del cuadro.
Una noche (1986), aún cenando, nos asomamos para comprender el por qué  de los gritos y  unas cuantas piedras que al caer,  fragmentaban las tejas;  Goyito nos informa que un sádico anda por los techos. Se acercaron al lugar, la prensa  y un comando de policías  buscando la forma y manera de  agarrar al héroe casual y protagonista anónimo de aquella noche. Así fue como a las diez de la noche, Hortensia es sorprendida y descubierta por un policía; surgió de las sombras, pálida, temblorosa, como un espanto; casi lo mata del susto.  San Francisco  aventajado en número y unido por la conmiseración, actuó para acabar con la disfrazada resignación. La habíamos convertido en un hada silente. El gobernador y los bomberos hicieron acto de presencia y así como llegaron, se fueron dejando “el avispero”. Pasaron más de quince días en espera de soluciones legales, los  exámenes arrojaron  que tenía una salud a toda prueba, los  familiares estaban  sorprendidos al saberla viva y se hacía eco de declaraciones por demás bien y mal intencionadas. Los medios de comunicación llevaban la noticia de Hortensia, la mujer encerrada por amor,  más allá de Venezuela y hasta Isabel Allende  la dio a conocer a través de su personaje Eva Luna. En vigilia, el pueblo apuesta a su definitiva liberación. Las puertas aún fuertes las derrumbaron ene veces para llevarse “los tesoros”: la colección de revistas y periódicos de los años cuarenta, gatos y sábilas. La situación se prestaba y   el barrio fue escenario de una feria, amanecían  los carritos de comida rápida y bebidas; habilitaron mesas de juegos y hasta el convento de San Francisco fue testigo de desahogos amorosos. Bajo la presión de ser el propio  ojo del huracán, Don Fernando dejó escapar algunos tiros al aire, pero nada, el cerco se cerró más. Llegó el día de verla salir por la calle Urica en brazos de un bombero, aseada, vestida, y cortado su pelo,…sonríe. Se hizo el silencio, aquel silencio es difícil de olvidar. Luego de manera intempestiva ¡Viva Hortensia! Y comenzaron a cantar las primeras estrofas del ¡Gloria al Bravo Pueblo!... lloramos todos crispados y celebramos por fin, cada quien en su casa y Dios en la de todos.  A veces la imaginaba joven disfrutando de los atardeceres a las orillas del Orinoco,  preguntando sin cesar… dónde está mi amor, dónde  está Fernando, debo seguir escondida,  los comunistas se lo pueden llevar…
Al  año,  siempre franqueando recuerdos,  con las  primeras  lluvias  se  derrumbó lo que  quedaba del techo de la casa de Hortensia, a pesar de ello, su jardín por más de treinta cinco años permanece  tras una  tapia de recuerdos extraviados.
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